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viernes, 16 de julio de 2010

Entrevista al escritor boliviano* Víctor Montoya por Araceli Otamendi





(Buenos Aires/Estocolmo) Araceli Otamendi


Víctor Montoya nació en La Paz, el 21 de junio de 1958. Desde 1960 vivió en las    poblaciones mineras de Siglo XX y Llallagua, al norte de Potosí. Fue dirigente estudiantil hasta mediados de 1976, año en que la dictadura militar de Hugo Banzer lo persiguió por sus actividades políticas. Durante su cautiverio escribió su libro de testimonio Huelga y represión. En 1977, gracias a una campaña de Amnistía Internacional que reclamó por su libertad y lo adoptó como uno de sus presos de conciencia, fue sacado de la prisión y conducido directamente hasta el aeropuerto de El Alto, desde donde llegó como exiliado a Suecia, país donde reside desde entonces. Trabajó en una biblioteca municipal coordinando proyectos culturales, dictó lecciones de idioma quechua y dirigió Talleres de Literatura Infantil, cuyo producto culminó en la publicación del libro de texto Cuentos de jóvenes y niños latinoamericanos en Suecia, en 1985. Cursó estudios de pedagogía en la Escuela Superior de Profesores y ejerció la docencia durante varios años. Actualmente se dedica a la literatura y el periodismo cultural, con publicaciones en países de Europa y América Latina. Su obra abarca el género del cuento, la novela, el ensayo y la crónica periodística. Fundó y dirigió las revistas literarias PuertAbierta y Contraluz. Obtuvo premios y tiene cuentos traducidos y publicados en diversas antologías. Desde hace varios años es miembro de la Sociedad de Escritores Suecos y del PEN-Club Internacional. Participó en el Primer Encuentro Hispanoamericano de Jóvenes Creadores, Madrid, 1985, y fue uno de los gestores del Primer Encuentro de Poetas y Narradores Bolivianos en Europa, Estocolmo, 1991. Se hizo merecedor de becas literarias del Fondo de Escritores y otras instituciones culturales. Tiene en preparación una novela cuyo protagonista es un niño de una población minera.  



¿Qué influencia tuvo en su escritura el exilio en Suecia? 


La experiencia del exilio, aparte de las franjas de distorsión que te impone una nueva   realidad lingüística y cultural, fue positiva en varios sentidos. La diáspora me ayudó a comprender que Bolivia no es más que una pequeña parte de América Latina y que América Latina no es más que una parte del mundo. Vivir en una sociedad secularizada, multilingüe y pluricultural es, como supondrás, una experiencia enriquecedora no sólo porque en ella encuentras nuevas fuentes de inspiración, sino también porque te da una nueva visión de las cosas y de cómo consolidar los pilares de la democracia a través de la tolerancia y el respeto a la diversidad. En un país cosmopolita, mejor que en ninguna parte,  se puede  aprender a convivir en armonía con individuos que pertenecen a otras culturas, razas, credos y a otro grupo lingüístico muy diferente al de uno. El exilio, cuando y siempre se lo sepa aprovechar,  proporciona elementos nuevos que enriquecen no sólo la obra, sino también la vida, que de otro modo sería más pobre y restringida.  El exilio me permitió también conocer y compartir con escritores de otras nacionalidades. Las influencias son sutiles, pero se dan en todos los planos de la vida sin que uno lo note. Las bienaventuranzas y los avatares del exilio dejan su impronta, de manera consciente o inconsciente, en una obra de creación. Mas no por esto uno deja de ser lo que es. En mi caso, después de haber pasado la mitad de mi vida en Suecia, sigo escribiendo como si estuviese en Bolivia, con los mismos códigos lingüísticos de los habitantes del altiplano. Este fenómeno está presente, por ejemplo, en mi novela “El laberinto del pecado” o mis “Cuentos de la mina”, donde re-creo de manera literaria los mitos, leyendas y tradiciones de los mineros bolivianos. La mayoría de mis libros tienen como eje de acción a la tierra donde transcurrió mi infancia y adolescencia. Más todavía considero que la nostalgia y la distancia hacen que un autor aborde temas que son propios del país del cual proviene. Esto sucedió, de un modo general, con los escritores latinoamericanos que vivieron en Europa. Escribieron a la distancia obras célebres sobre la realidad de América Latina; ahí tenemos el caso de Vallejo, Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez, Benedetti, Galeano, entre muchos otros. 


Encontré en sus cuentos un tema permanente: el niño como protagonista¿Cómo fue su  infancia?¿Sigue  escribiendo cuentos de chicos?     


No recuerdo mi infancia como la etapa más feliz de mi vida, pues viví a saltos de mata desde cuando tuve uso de razón. Creo que el temprano divorcio de mis padres me creó una inestabilidad emocional y me dio la grave sensación de que el mundo se hundía a mis pies. Así que leer cuentos y novelas protagonizados por niños es una suerte de encontrarme con los pedazos dispersos de mí mismo y, inconscientemente, una forma de recuperar una infancia perdida. De niño fui demasiado introvertido y casi nunca jugué con mis amigos, quienes, en medio de algarabías y gran chacota, vivían al máximo su actividad lúdica y su mundo imaginario que, por razones obvias, era ajeno al mío. Me sentía como un niño extraño, sin ganas de jugar ni de vivir. Pero, ya ves, la vida tiene sus vueltas y te da sorpresas. Desde que estudié pedagogía y trabajé en una biblioteca de niños, me dediqué en parte a describir y analizar psicológicamente el mundo de la infancia. Es más, aun siendo adulto, me siguen fascinando los cuentos populares de los hermanos Grimm y Charles Perrault. Vivo como si fuesen mías las aventuras de Peter Pan, Pipa Calzaslargas y Harry Potter. Me seduce tanto el mundo mágico de la infancia, que ahora mismo estoy trabajando en una novela cuya trama está contemplada desde la perspectiva de un niño, quien vive en un ambiente hosco y árido, como son las poblaciones mineras en la cordillera andina. Es cierto lo que dices, varios de los protagonistas de mis cuentos son niños, sobre todo, niños pobres y tristes, al estilo de “Oliver Twist” de Dickens o “Paco Yunque” de Vallejo. Tal es mi interés por el niño como protagonista de los cuentos que, en 1999, después de haber leído “Tormenta en los Andes” de Walter Guevara Arce, me di la tarea de elaborar una antología del cuento boliviano, cuyos protagonistas fueran exclusivamente niños, porque estaba convencido de que con ese tipo de material se podía armar una hermosa obra que no sólo reivindicara a los niños, sino también que estimulara a los lectores adultos a retornar a su infancia, que muchas veces vive atrapada en el pozo oscuro de la memoria. Además, siempre pensé que los cimientos de la personalidad humana están en la infancia. De modo que las vivencias cognoscitivas y experiencias traumáticas de la niñez influyen decisivamente en la formación del carácter y en el modo de ser de una persona. No en vano dice la sabiduría popular: lo que fuiste de niño, serás de adulto. 


Ya que mencionó  a Harry Potter, ¿a qué atribuye  el éxito y la difusión que tienen los libros sobre este personaje? ¿Existen elementos de magia del estilo de esos libros  en la novela que está escribiendo y cuyo protagonista es un niño? ¿Es una novela destinada en principio a un público adulto o podrán leerla lectores de cualquier edad? 




Pienso que el  éxito de los libros sobre Harry Potter, como la “Historia  interminable” de Michael Ende y “El señor de los anillos” de Tolkien, se debe fundamentalmente a las historias fantásticas que encierran sus páginas. Los lectores se sienten atrapados desde el inicio por los atributos de poder y magia que caracterizan a los personajes principales. La fantasía, que es uno de los elementos fundamentales de la condición humana, se pone en juego cuando alguien, como el protagonista de estos libros, es capaz de romper las vallas de la realidad cotidiana, lógica y formal, en la que transcurre la vida del común de los mortales. 
La novela que estoy escribiendo, a diferencia de los libros mencionados, no explaya una prosa fantástica ni cuentan historias inverosímiles, sino la realidad de un niño que experimenta un mundo lleno de injusticias, penurias y miserias. Este libro, tanto por el tratamiento del tema como por el manejo del lenguaje, está más cerca del realismo social que del realismo mágico. Es un libro destinado a los lectores adultos, aunque el protagonista central es un niño, quien contempla el mundo adulto desde su perspectiva psicológica, emocional, intelectual y lingüística. La historia está ambientada en un centro minero de Bolivia, donde transcurrió mi propia infancia en medio de personajes y escenas impresionantes, que conservé en el cofre de los recuerdos a lo largo de mi vida.  


Leí en un reportaje que fue  padre a muy temprana edad. ¿Qué implicancias tuvo esa experiencia en su  vida?


En efecto, llegué a ser padre a los doce años de edad, tras haber mantenido relaciones secretas con la empleada de mi casa, quien, aparte de ser analfabeta, era de ascendencia indígena; aspectos que no estaban bien vistos en mi entorno familiar. Sin embargo, debo aclarar que no se trataba de la típica relación del hijito de los patrones que se acuesta con la sirvienta indefensa, sino de una relación sincera, ingenua y... 
Lo cierto es que yo, tras haber sufrido la separación abrupta de mi madre a muy temprana edad, andaba buscando inconscientemente un sustituto emocional y ella, la empleada, sin saberlo o acaso sin sospecharlo, me entregó su todo su cariño maternal. Así me acerqué a sus senos y a su cuerpo.  De esa experiencia aprendí muchas cosas, por ejemplo, que el racismo no tiene ningún significado cuando se aman dos seres humanos y que las diferencias sociales y económicas son simples imposiciones de una sociedad clasista y competitiva, donde el que tiene más y es más blanco parece estar destinado a mandar sobre el que tiene menos y es de color. Pero también aprendí que una experiencia precoz puede ser traumática y truncar la felicidad y las esperanzas de una persona, sobre todo, cuando ésta no ha alcanzado la mayoría de edad en una sociedad profundamente religiosa y conservadora, donde los códigos de vida son restrictivos en el plano sexual. 
Como la experiencia me cayó de golpe en una edad crítica, justo cuando había ingresado a la pubertad, tuvo consecuencias fatales de las que prefiero no hablar, porque al peso emocional que cargaba hasta entonces, se me sumó otro peso descomunal que por poco no me saca de mis casillas. Sin embargo, pensándolo bien, me doy cuenta de que esas crisis han fortalecido mi personalidad y me han servido como valiosos recursos a la hora de re-crear mis obras, donde las historias y los personajes encuentran casi siempre un desenlace trágico. Es decir, como en el caso de Kafka o Vallejo, primero tuve que experimentar en carne propia la incomprensión y el dolor humanos, para luego verterlos en la literatura. Esas experiencias del pasado, sin lugar a dudas, influyeron decisivamente en mi vacación de escritor y en la temática de mi obra.   


¿Entonces se pude decir que, por las malas experiencias de su pasado, tiene  una visión pesimista de la vida? 


 Sí y no, porque he llegado a comprender que la vida no es ni blanco ni negro, sino algo más complejo y matizado. Toda persona tiene momentos buenos y momentos malos, porque la vida es así: una suerte de montaña rusa, con subidas y bajadas; unas veces los problemas son enormes como los cerros y otras veces pequeños como las piedras del camino. La solución de los problemas grandes requiere serenidad y razonamiento y la solución de los problemas pequeños requiere una buena dosis de tolerancia y buen humor.  Lo importante es que todos aprenden y se fortalecen en los peores momentos de la vida, ya  que al final del túnel de la desgracia siempre se abre la luz de la esperanza. Por eso es necesario vagar en la oscuridad, sin parar ni desmayar, hasta hallar esa luz que nos depara el destino. Pues no en vano se dice que todo tiene su solución en la vida, excepto la muerte. Algo más, cuando los obstáculos se presentan en la vida de un modo inminente, como los visitantes no gratos e inesperados, lo mejor es agarrarlos como a los toros por las astas y derribarlos con la fuerza de quien no admite su caída en la primera embestida.    


También leí que conoció a su padre ya de grande. ¿Cómo incidió esa circunstancia en su  obra? 


 No tuvo ninguna incidencia en vida ni en mi literatura, ya que mi padrastro, on quien viví desde muy niño, rellenó rápidamente el vacío que dejó la ausencia de mi padre. No obstante, como todo hijo, que acude al llamado de la sangre, fuí a buscarlo a mis diecisiete años de edad en la Caja Nacional de La Paz, donde él trabajaba como fotógrafo. En realidad fue fotógrafo toda su vida, incluso cuando mi madre se cruzó en su camino. El simple hecho de vernos fue impactante, porque nuestro encuentro no estaba previsto. Todo sucedió de un modo espontáneo y emocional. Mantuvimos una relación cordial y de respeto  mutuo, a diferencia de lo que sucedió con Vargas Llosa cuando éste se reencontró con su padre después de muchos años. No llegué a conocerlo a fondo, ni siquiera cuando vino un par de veces a visitarme en la cárcel, donde estaba recluido a consecuencia de mis actividades políticas. Al poco tiempo salí al exilio y desde entonces no volví a saber más de su paradero. 


¿Cuál es el panorama de la literatura boliviana en este momento?


Creo que la literatura boliviana, al menos desde fines del siglo pasado, está pasando por su mejor momento. Se ha incrementado la edición de libros y han surgido nuevas editoriales ansiosas por rescatar la obra de los autores más insignes, con la intención de darlas a conocer en escala nacional e internacional. Ojalá lo logren, sobreponiéndose a la crisis económica que aqueja al país y a las falsas promesas de los gobernantes.   Bolivia ya no es el país de escritores que no escriben, como sostenía Zavaleta Mercado, pero sí es un país donde los escritores siguen inmersos en una realidad socioeconómica que no les permite dedicarse profesionalmente a su vocación literaria, a pesar del esfuerzo editorial por ubicar a una que otra estrella en la constelación de la literatura latinoamericana. No debemos olvidar que en Bolivia, como en el resto de los países del llamado Tercer Mundo, los libros son artículos de lujos a los cuales no tienen acceso las grandes mayorías, que viven sumidas en la ignorancia y la pobreza. Además, si es cierto que en las ciudades principales se publican más de dos periódicos, es también cierto que a los lectores les interesa más los anuncios comerciales, las páginas deportivas o el cotilleo político del instante, que las páginas culturales o los suplementos literarios. A este panorama desolador se suma el alto índice de analfabetismo, la deserción escolar y la falta de promoción de libros subvencionados por el Estado. Hay mucho por hacer en este terreno. Por ejemplo, difundir mejor las obras contemporáneas que están siendo creadas por escritores y escritoras que nacieron a partir de la revolución nacionalista de 1952, pues se trata de una generación de autores que no sólo son desconocidos para los lectores europeos, sino incluso para los latinoamericanos. Parafraseando a Carlos Castañón Barrientos, presidente de la Academia de la Lengua en Bolivia, se puede decir que el libro boliviano no se conoce ni siquiera en los países vecinos. No sé si es justa esta razón, pero ésta es la realidad.    


¿Qué escritores latinoamericanos, argentinos, europeos y otros lo han 


influenciado? 















Pienso que un escritor, que lee tanto como escribe, está influenciado por sus lecturas. De ahí que tanto los clásicos de la literatura universal como los autores del  llamado “boom” de la literatura latinoamericana han tenido fuerte influencia en mi formación como escritor. 
 Es natural que en este oficio, como en cualquier otro, los escritores jóvenes aprendamos a caminar de la mano de otro escritor más experimentado y curtido en el oficio de las letras. Uno aprende de los otros. Había un tiempo en que quería ser como Galeano. Era tanta mi admiración por el estilo de su prosa que, a veces, intenté escribir como él. Pero lo cierto es que el propio Galeano aprendió de otros, no en vano lo llamaba “maestro” a Onetti, quien fue su mentor cuando estaba dando sus primeros pasos. También Borges reconoció que en un principio intentó escribir como Kafka, hasta que se dio cuenta de que Kafka ya existía.  
El arte de la palabra escrita es un proceso largo y sacrificado, en el que uno, tarde o temprano, encuentra su propio estilo y aprende a comunicarse con voz propia, aunque lo cierto es que no hay nada nuevo bajo el sol. Todos bebemos de las mismas fuentes y contamos las mismas historias con pequeñas modificaciones, como los poetas que escriben variantes de una misma metáfora universal. En este sentido, ni las palabras ni las ideas son propiedad privada, menos aún si se trata de rescatar y recrear la memoria colectiva. Todos somos plagiarios en mayor o menor medida y todas las obras literarias son una suerte de coros sinfónicos, donde se modulan voces diversas en una disposición de querer contar una misma historia vista desde todos los ángulos, con los más diversos tonos y matices. Es una suerte que así sea.  

¿Qué autores le gusta releer? 


Siempre que dispongo de tiempo retorno a la obra de los clásicos. No me canso de leer El Quijote, la Odisea o Decamerón. Son libros casi de cabecera. Cuando visito una biblioteca, instintivamente  e impulsado por la curiosidad, busco obras de autores bolivianos, pero como los anaqueles de las bibliotecas suecas tienen muy pocos títulos de autores “no conocidos”, elijo las obras de otros autores latinoamericanos, como Cortázar, García Márquez, Rulfo, Onetti, Fuentes, Vargas Llosa, Galeano, Sepúlveda y Allende, por citar algunos, porque son portadores de una identidad cultural con la que me identifico y porque abordan temas que son de mi preferencia. También leo con interés a los escritores de mi generación, tanto bolivianos como extranjeros. 
Eso sí, no leo a los autores que optaron por el facilismo comercial y la ciega ambición del éxito, muy propio de la mercadotecnia actual, que está concentrada más en la idea de cómo ganar dinero de la forma más rápida y efectiva, que en la calidad del producto que promueve con la ayuda de grandes empresas publicitarias. No creo mucho en la producción masiva de los libros, sino en la magia que tienen los libros de circulación limitada, en esos libros, como bien dijo Juan Ramón Jiménez, hechos para las grandes minorías. Me llaman más la atención los libros que se difunden de mano en mano, que en esos otros que se venden igual que cualquier artículo comercial, como si el producto intelectual fuese un privilegio reservado sólo para quienes disponen de dinero. 


Entre los escritores latinoamericanos que nombra está Cortázar. ¿Borges tuvo alguna influencia en su  obra?  


No, Borges, a pesar de haber sido considerado el maestro del relato corto, no influyó en absoluto en mi modo de escribir, quizás por su excesivo intelectualismo y por sus historias tan metafóricas como sus versos. Yo prefiero una prosa limpia, sencilla y realista, que me conduzca de la mano desde el principio hasta el final, sin ponerme trampas ni zancadillas en el camino. Aunque Cortázar hizo una prosa experimental, como en “Rayuela”, me gusta más como narrador no sólo por los temas que aborda en sus novelas y cuentos, sino también por el compromiso político que asumió en defensa de los desposeídos. En síntesis, jamás me identifiqué con Borges ni en lo literario ni en lo personal


¿Volvería a vivir en Latinoamérica, y en caso afirmativo, seguiría siendo 


escritor? 















A estas alturas de mi vida, y después de haber vivido en Suecia durante más de dos décadas, es difícil plantearme un retorno definitivo, pero me seduce la idea y el corazón me palpita aceleradamente cada vez que la idea cruza por mi cabeza. Al fin y al cabo, soy un boliviano más de la diáspora, que abriga la esperanza de retornar algún día a la cuna de su nacimiento. De cumplirse este anhelado sueño, seguiría escribiendo como hasta ahora. Es una de las pocas cosas que sé hacer o, por mejor decir, una de las cosas que mejor sé hacer. Debo aclarar que no me hice escritor en el exilio, pues ya antes de salir de Bolivia escribía pasquines en un pequeño periódico que publicábamos en el colegio. Mi primer libro, que es una obra testimonial sobre los atropellos de lesa humanidad cometidos por la dictadura militar, la escribí estando en la cárcel. Lo que quiere decir que mi vocación literaria estaba latente y que el escritor que habitaba en mi interior emergió de manera natural en el exilio.  




¿Cuál es la situación de la literatura Sueca en este momento, hay talleres 


literarios tanto como en Buenos Aires o en España, por ejemplo? 















En Suecia, como en otros sitios, están de moda los talleres literarios, porque hay quienes creen que el escritor se hace en un círculo de estudio o en la aula universitaria, y no por vocación o, como en mi caso, por una necesidad existencial, porque no queda otro remedio que escribir para sobrevivir.  No es mentira ni ficción si digo que el panorama de la literatura sueca es óptimo. Esto se debe, en gran medida, al bienestar socioeconómico de sus habitantes y a la buena intención de sus gobernantes, que han creado las bases fundamentales para fomentar el arte y la cultura en todos los niveles de la sociedad. Es casi inexistente el analfabetismo y la educación es obligatoria hasta el ciclo intermedio. Además, existe una política cultural que favorece a los “trabajadores de la cultura”, que no sólo tienen el apoyo de los lectores, sino también de las instituciones pertinentes. La edición de los libros está subvencionada por el Estado y las bibliotecas funcionan como centros culturales, donde se dan cita tanto los lectores adultos como los niños. Los escritores más activos gozan de becas literarias anuales y cuentan con el apoyo económico de fundaciones tanto privadas como municipales. De modo que el panorama de la literatura sueca, aun siendo pequeña en el contexto de la Unión Europea, goza de un alto nivel ético y estético. Para darte un ejemplo, sólo en el campo de la literatura infantil, a diferencia de lo que ocurre en América Latina, Asia y África, existen nombres cuya proyección internacional es sorprendente. Ahí tenemos el caso de la recientemente fallecida Astrid Lindgren, quien tiene una cuantiosa producción literaria traducida casi a todos los idiomas.  Aparte de los escritores consagrados como Strindberg, Lagerlöf, Lagerkvist y Gunnar Ekelöf, existe una camada de escritores modernos, como Jan Guillou, Liza Marklund o Henning Mankell, que escriben novelas policíacas que se venden como pan caliente tanto en Escandinavia como en el resto de Europa. Sin embargo, yo sigo teniendo preferencia por los escritores del llamado realismo social, que reflejan la situación paupérrima de las clases desposeídas. Entre sus principales representantes están Harry Martinson, Willian Moberg, Moa Martinson, Ivar Lo Johansson y Artur Lundkvist. Todos ellos están considerados como “escritores proletarios” y tienen con una rica producción literaria que, por su forma y contenido, son verdaderas joyas de la literatura sueca del siglo XX. 


¿Qué me puede decir acerca de la literatura de los latinoamericanos que viven en Suecia?


Entre los escritores latinoamericanos establecidos en Suecia, tras el advenimiento de las dictaduras militares, hay quienes, gracias a su trabajo tesonero y experiencia escritural, se van abriendo espacios cada vez más considerables en el ámbito literario. Por una parte, debido a que tienen la virtud de ser bilingües, escriben en sueco y español; y, por otra, debido a la política de integración cultural impulsada por el gobierno, que beneficia
tanto a los nativos como a los inmigrantes en una sociedad multicultural, donde existe la necesidad de conocer al “otro” por medio de su literatura y sus manifestaciones culturales.  La mayoría de los poetas y narradores que conozco, empero, siguen escribiendo en su lengua materna, conscientes de que el español, en comparación con el sueco, es un idioma expansivo, que ofrece mayores  posibilidades de difundir la obra literaria en Europa y América.  La literatura latinoamericana en Suecia, desde mediados del siglo XX, ha  tenido una fuerte presencia entre los lectores; primero, gracias a su calidad y fuerza expresiva y, segundo  gracias al prestigio que le han ganado nuestros
escritores  laureados con el Premio Nobel de Literatura: Mistral, Neruda, Asturias, García Márquez y Octavio Paz. A este corolario de antecedentes se debe añadir el hecho de que en los programas de educación media se ha introducido la enseñanza del idioma español, con el mismo estatus que tiene el inglés, francés y alemán. Asimismo, en las universidades se estimula la elaboración de tesis doctorales sobre la vida y obra de nuestros autores más connotados.  La situación de los escritores residentes en Suecia es por demás ponderable. Sólo en los últimos treinta años se han publicado innumerables poemarios, novelas, volúmenes de cuentos, ensayos y piezas de teatro. Varios han sido reconocidos por la crítica literaria sueca y por la crítica de sus países de 


origen. Algunos tienen obras premiadas en certámenes literarios internacionales y otros son miembros activos de la Sociedad de Escritores Suecos.



Los autores extranjeros, de un modo general, gozan de los mismos derechos que tienen sus colegas nativos, aunque el “establishment” los sigue considerando “escritores inmigrantes”; una denominación  que, sin embargo, no corresponde a la realidad de los creadores, cuyas obras traspasan las fronteras de un idioma y un país determinados, puesto que el hecho de ser “extranjeros” no implica ser “peor” o “menor” escritor que un nativo, sobre todo, si se parte del criterio de que el escritor es escritor en cualquier parte, independientemente del idioma en el cual escribe su obra.  
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  © Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados.

*entrevista publicada originalmente en la Revista Archivos del Sur
*Entrevista publicada en Bolivian Studies Journal, Vol. 9, Illionois, USA, 2001, pp. 59-75. 

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